6:15 AM
Suena el despertador y lo apaga como si de memoria conociera
el lugar y el movimiento que debe hacer para que cese el ruido.
Con la cara hinchada de llorar toda la noche se vuelve sobre
la cama, se envuelve en sus sabanas y trata de volver a descansar, aún sabiendo
que en unos minutos más volverá a sonar ese estruendoso sonido que debe sacarla
de la cama.
Amanta Wesner no era una chica que irradiaba luz hace unos
días, algo había cambiado en ella, algo se transformaba o se moría en su
interior.
6:25 AM
Vuelve a sonar el despertador, ya no le queda otra opción
que moverse de nuevo para apagarlo. Ya es hora de arrancar el día, de salir a
trabajar, de despegarse de esa almohada.
Muchas veces prefería ir a trabajar a quedarse en esa casa,
donde sentía que no era bienvenida ni en su cama.
Se revolcó un poco más, tratando de adaptarse a la luz, el
día estaba nublado, no se divisaba el sol por las ventanas, pero sus ojos
hinchados no paraban de parpadear y mirar achinados el cuarto.
Otra noche había pasado durmiendo en un costado de la cama,
pegada al borde. Incomoda, aislada. Se estiró y le suplicó a su cuerpo moverse.
6:40 AM
La alarma se activa nuevamente para avisarle que está
saliendo tarde si es que aún no está lista, pero lo apaga cuando ya se
encuentra caminando las primeras dos cuadras de las diez que hace habitualmente
para esperar el transporte público.
Una pequeña tormenta de viento había azotado el día anterior
toda la zona sur de la provincia, vientos muy fuertes se habían arremolinado por
algunas horas y habían roto algunas ramas.
Caminaba con cuidado cuando en la cuarta cuadra algo llama
su atención, los gritos de un ave, ese trino desesperado la hizo buscar por
todos lados. ¿Dónde se hallaba el ave?, ¿Algo amenazaba sus crías?
De repente lo vio, en el piso, mirándola fijo un ave le
pedía ayuda, si es que esa mirada existe en esta clase de animales. Un pedido
de clemencia hervía en su mirada, y se clavaba en sus ojos, en los ojos oscuros
de Amanta.
Helada ante la circunstancia, dejó de importarle el horario
y su prisa o el cuidado de no cortarse con alguna rama o enredarse los tacos.
Llego hasta él, lo revisó y a simple vista notó que el viento había quebrado el
cuello de esa pobre ave. Quien sabe cuanto tiempo espero que alguien pasara
para trinar algo, desesperado, para pedir ayuda o dejar un último mensaje, un
aliento final o señal de que estuvo aquí. ¿Cuanto tiempo habrá esperado que
alguien pasara? ¿Cuanto tiempo tuvo que esperar a Amanta?
Lo acalló lentamente con su tranquilidad, fingió no estar
tan rota por dentro para darle paz, la misma paz que ella anhelaba encontrar,
la que fue perdiendo poco a poco de la misma manera que ese ave perdía el foco
en sus ojos.