Al cabo de unos minutos la vio marcharse, rígida, con la
mirada baja. ¿Habría notado que la espiaba? ¿Realmente la espiaba? Él solo
subió al techo por unas ramas, por esa maldita tormenta extraña que parecía
haber arrasado con todo a su paso, como si la bronca de alguien más allá se
hubiese desatado. No sabia cuanta razón había en ello, en ese pequeño
sentimiento, esa idea vaga.
