No paraba de dibujar los ojos de Amanta, de buscar los
colores perfectos, quizás sus manos deberían de ser hoscas por su trabajo, pero
tenía el trazo firme, y la idea de esa mirada fija en su mente.
Ojos negros atintados con violeta.
¿Realmente había visto bien?
No podía equivocarse, eso debía de ser tan misterioso como
la propia chica lo era.
Trazó cientos de hojas hasta dar con su mirada, con el
color, justo antes de quedarse dormido junto al papel.
La dama de mirada morada lo había encantado y la curiosidad
no abandonaba ni sus sueños.
Soñaba con ella, la escena del primer día que la vio,
arrodillada en la vereda, pero esta vez el paisaje estaba completo. La imagen
de Amanta ahora tenía los ojos abiertos y él veía esos ojos casi violáceos.
