Locura temporal



viernes, 29 de mayo de 2015

Provoquemos apagones

Su beso era la mezcla perfecta de alientos, era una respiración compartida. Parecía que toda la vida habían esperado para besarse, para tocarse. Las chispas por el tacto se escapaban en el aire. Poco a poco la levantó del sillón donde se había sentado a llorar abrumada en un principio, y la llevó hasta la cama. Un cubrecama rojo estaba colocado sobre las sabanas, algunos almohadones rojos y negros dispersos por la cabecera.
Le acercó una almohada y la colocó debajo de su cabeza antes de dejarla caer sobre el colchón. La acariciaba lento el rostro, los labios, el cuello, rozaba sus brazos mientras sostenían la mirada de uno en el otro, mientras se devoraban despacio.
Se oían respiraciones agitadas acompasadas del viento fuera de la casa, el pecho de ambos subía y bajaba, con las bocas entreabiertas se contemplaban y el aliento de uno se encontraba con el del otro, como acostumbrados, sabiendo que debían estar entrelazados.
En tan solo unos minuto la había desojado de sus miedos, mientras lo miraba rememoraba cada instante desde que llegó a la casa.
La entrada, el tacto de su mano, la presentación con las flores, que había sonreído, no sólo una vez, sino dos. Le había hecho gracia que respetara la casa, la enredadera. La dejó sola recorriendo la casa a su antojo mientras la esperaba en un patio pequeño adosado a la casa, la había besado por sorpresa y ahora se dejaba tocar y besar por él sin tapujos, sin tabúes, basta de restricciones.
La había descubierto por dentro con sólo un par de actitudes. Eso le había quitado la mayoría de sus dudas.
Le recorría la espalda con las manos bajo la ropa, le besaba el cuello con vehemencia, le respiraba cerca del cuerpo, casi le absorbía el alma en los suspiros.