Su beso era la mezcla perfecta de
alientos, era una respiración compartida. Parecía que toda la vida habían
esperado para besarse, para tocarse. Las chispas por el tacto se escapaban en
el aire. Poco a poco la levantó del sillón donde se había sentado a llorar
abrumada en un principio, y la llevó hasta la cama. Un cubrecama rojo estaba
colocado sobre las sabanas, algunos almohadones rojos y negros dispersos por la
cabecera.
Le acercó una almohada y la
colocó debajo de su cabeza antes de dejarla caer sobre el colchón. La
acariciaba lento el rostro, los labios, el cuello, rozaba sus brazos mientras
sostenían la mirada de uno en el otro, mientras se devoraban despacio.
Se oían respiraciones agitadas
acompasadas del viento fuera de la casa, el pecho de ambos subía y bajaba, con
las bocas entreabiertas se contemplaban y el aliento de uno se encontraba con
el del otro, como acostumbrados, sabiendo que debían estar entrelazados.
En tan solo unos minuto la había
desojado de sus miedos, mientras lo miraba rememoraba cada instante desde que
llegó a la casa.
La entrada, el tacto de su mano,
la presentación con las flores, que había sonreído, no sólo una vez, sino dos.
Le había hecho gracia que respetara la casa, la enredadera. La dejó sola
recorriendo la casa a su antojo mientras la esperaba en un patio pequeño
adosado a la casa, la había besado por sorpresa y ahora se dejaba tocar y besar
por él sin tapujos, sin tabúes, basta de restricciones.
La había descubierto por dentro
con sólo un par de actitudes. Eso le había quitado la mayoría de sus dudas.
Le recorría la espalda con las manos bajo la ropa, le
besaba el cuello con vehemencia, le respiraba cerca del cuerpo, casi le
absorbía el alma en los suspiros.